El despertador rompe el silencio y se diluye en recuerdo los monstruos que hacen
despertarme con la frente sudorosa y el cuerpo temblando de frío. Son las siete
de la mañana y busco desesperadamente un paquete de tabaco. Me enciendo un
cigarro mientras voy hacia la cocina a preparar café con los pies desnudos y el
corazón en un puño. Mis ojos se clavan en el calendario, en ese mes, en ese
día, en ese número atrapado en la soledad de un círculo rojo.
Hoy hace quince años que no sé nada de él, quince años
llenos de culpabilidad y de miedo.
Quince años en los que cada vez que paso por su puerta paro el coche,
bajo la ventanilla, y me pregunto el por qué de su marcha, el por qué de mi
cobardía, el por qué de ocultarme tras este corazón roto. Ojalá hubiera tenido
la entereza que tuvo mi madre hace años atrás.
Hoy a diferencia de otros días, me bajo del coche mirando
aquella maldita puerta custodiada en lo alto por un enorme Ángel Caído de
mirada impertérrita. Mis pasos me llevan a través de un angosto camino, camino
plagado de diminutas piedrecillas que revolotean a cada uno de mis pasos y que
intentan refugiarse en mis zapatos. Alzo la vista, y me encuentro rodeada de
vergonzosos cipreses que me custodian hasta el final del camino. Con mis
zapatos en una mano y mi corazón en la otra, acompaño la puerta que separa la
vida de la muerte.
Una ligera brisa agita mi pelo, aún recuerdo cuando se
pasaba las horas jugando con mis rizos entre sus dedos. El paisaje ha cambiado
de forma radical. Me encuentro rodeada por diminutos edificios engalanados de
cientos de flores, fotos para el recuerdo y un terrible olor a muerte que
impregna mi vestido, aquel mismo vestido que se puso mi madre en su última
cita.
Me encuentro frente a él, con la cabeza mirando al suelo.
No tengo el valor de mirarle a los ojos, me duele demasiado. Me armo de valor y
me digo: "Venga Ali, vamos, ya verás cómo no es para tanto".
Nada más levantar la mirada mis ojos se clavan en los
suyos. Es aquella foto que tanto tiempo estuve buscando...Como ríos de acuarela
negra mis lágrimas se abren paso a través de mis mejillas hasta besar y morir
en mi boca.
Se vuelve a levantar una ligera brisa que vuelve a agitar
mi cabello. Siento como se eriza mi piel.
Es como si lo volvieras a hacer. Las ramas de los árboles empiezan a
moverse como si estuvieran bailando la misma melodía. Creo que hasta puedo
llegar a oír la música del viento, diciéndote adiós o hasta luego, pidiéndote
perdón o lo siento, qué más da, eso ya no importa, por fin me despido de ti papá, por fin me
armé de valor, por fin estoy aquí frente a ti para decirte que no hay día que
no me acuerde de ti. Que cada noche miro al cielo para buscar la estrella en la
que te has convertido, te echo tanto de menos...
Nunca te conté lo que sentí en mi primer beso. Nunca
pudiste empujar mi bicicleta para que mis múltiples caídas y mis rodillas
ensangrentadas se convirtieran en el único motivo para seguir intentándolo.
Nunca gritaste como un loco cuando metí mi primera canasta, te reirías si
supieras que cerré los ojos justamente antes de lanzar el balón. Nunca pudiste
castigarme por llegar tarde a casa porque no había nadie sentado en aquel viejo
sillón . Siempre deseé tumbarme junto ti y reírnos de la vida, mientras mamá
nos llamaba para ir a cenar. No pudiste
cogerme fuertemente de la mano para llevarme frente al altar, no me oíste decir
sí quiero y no pude ver tus ojos emocionados y abarrotados de lágrimas cuando
supe que un pequeño corazón latía dentro de mí.
¿Sabes una cosa?
Cada noche, justo antes de irme a dormir llamo a tu móvil para volver a
escuchar tu voz, aunque simplemente sea
a través de ese maldito contestador .
Ahora será diferente, ahora cuando una dulce brisa
acaricie mi pelo sabré que estás conmigo, como hace tiempo, bajo la mirada
emocionada y feliz de mamá, que si te fijas bien, esta justo a tu lado,
enseñándote aquellas fotos convertidas en recuerdo.
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