jueves, 3 de marzo de 2016

MI ÚLTIMA BATALLA CONTRA EL CÁNCER

Llevo más de treinta años sirviendo al ejército. La verdad es que nunca me plantee ser militar, es más, si soy sincero conmigo mismo me enrolé en el ejército porque mi vida era tan patética y me sentía tan perdido que fue la única opción que tuve a mis diecinueve años, ser militar y vivir de ello.
Nunca sentí el miedo. Recuerdo a otros compañeros hacerse sus necesidades encima mientras intentaban sobrevivir bajo una lluvia de balas y metralla. Tras estar en Kosovo, Afganistán y Bosnia ahora mientras me estoy afeitando frente al espejo empañado es cuando realmente noto el aliento del miedo en mi espalda. Siento su presencia que me acecha. Siento su mano fría apoyada en mi hombro recosido por balazos recordándome que yo he sido el elegido y ahora mi único enemigo es el tiempo, tiempo que empiezo a oír susurrándome al oído convertido en un tic tac que retumba sin piedad en mi cabeza.
He cambiado el ruido de las bombas destruyendo colegios por las obras de la esquina de mi casa, las sirenas antiaéreas por el sonido del claxon del camión de butano, las lágrimas de los niños arrodillados en una esquina rodeados de escombros por el llanto de un bebé que pide a su madre el pecho ya entrada la madrugada. Tras pasarme las noches enteras sin poder pegar ojo, gracias a las pesadillas bañadas en sangre y de amargos recuerdos, hoy por primera vez en mi vida tengo miedo, miedo porque hoy empiezo una batalla distinta, una batalla que ya no puedo controlar. Me faltan agallas para atarme los zapatos, ponerme el abrigo, coger las llaves, salir y cerrar la puerta.
Tengo miedo porque cuando dé dos vueltas de llave a la cerradura sé que mi vida va dar un giro radical. Me sudan las manos, llamo al ascensor, pero en último momento me arrepiento y bajo por las escaleras..., me siento tan niño en estos momentos…, quien diría que hace unos años dirigía una compañía de jóvenes asustados soldados con cientos de “Kalashnikov” apuntándonos a nuestras cabezas.
Cojo el autobús y mi cara debe estar desencajada ya que un chaval con unos grandes cascos parecidos a lo de los soldados que pilotan los “Apache” me mira fijamente y me cede su sitio. Me siento y miro por la ventana, el mundo sigue. El mundo sigue girando y no para, da igual que yo pueda morir o no, la vida no para y continúa su camino, sin esperar a nada ni a nadie. Al final de la calle diviso mi objetivo, aquel edifico que a partir de ahora será como mi único hálito de esperanza.
Al cabo de unos de unos minutos me encuentro rodeado de batas blancas. Sentado en una silla de plástico color canela, estoy esperando que me llamen para entrar. La aguja del reloj que preside la sala no avanza. Miro el móvil, tengo cientos de mensajes en el email y en el WhatsApp. No quiero leerlos. No quiero saber nada del resto del mundo que me pueda afectar. Sólo quiero entrar en esa maldita sala, cerrar los ojos y pensar que todo ha sido un mal sueño, una pesadilla más de las que siguen viniendo a visitarme cuando apago la luz de la mesita de noche.
Por fin llega el momento, abro lentamente la puerta y lo primero con lo que se topan mis ojos son unos grandes butacones de color negro alineados a modo de pelotón de fusilamiento. En dos de ellos hay dos mujeres sentadas con los ojos cerrados y en medio una vacía, la mía, es el principio de un largo viaje.
Una vez sentado noto como el carboplatino entra en mi a través de un catéter. A mi izquierda una mujer demasiado mayor para aguantar todo esto se presenta, “Buenos días, me llamo Soledad”. Yo simplemente asiento con la cabeza, estoy demasiado nervioso para articular palabra. A mi derecha una chica con un pañuelo en la cabeza, demasiado joven para estar sentada junto a mí, hace lo mismo, “Hola, mi nombre es Esperanza”. Cierro los ojos y me dejo llevar…, de repente siento como alguien me coge y me aprieta fuertemente mi mano izquierda. A continuación sucede lo mismo con la derecha. Rodeado de Esperanza y Soledad dejo que el Ángel de Guarda que me acompañó durante tantos años vuelva a estar conmigo.