domingo, 8 de noviembre de 2015

LA GRUA QUE QUISO SENTIR


 
 
Cansada de dar tumbos de aquí para allá, de madrugones entre farolas que tiemblan de miedo por recibir los primeros rayos de sol., de acostarme entre farolas que tiritan de frío al recibir la primera luz que vomita la luna.
Cansada del tráfico de un lunes lluvioso de noviembre y la soledad de un domingo caluroso de agosto. Cansada de los borrachos de la noche y de las calles vestidas en charcos de resacas de una vergonzosa mañana.
Cansada del olor a pan recién hecho, de las abuelas que van al mercado, de aquellos que no miran cuando cruzan y de aquellos pequeños con grandes mochilas a cuestas que empiezan su primer día de clase.
Deambulo  por las calles como un zombi, pasando de puntillas toda una vida con la espalda cargada de recuerdos, de sueños, de desilusiones y tristezas. Cargando trozos de metal con pies redondos,  con brazos encarcelados que dependen de una llave para  sentirse libres.
Bocas tatuadas con números y letras igual que un prisionero de guerra, caminando hacia un cementerio situado en el olvido, ésta es la triste vida de una grúa, una grúa que quiso ser persona y se convirtió en porteadora de amasijos de metal.